¿Una escapada al sol?
Después de meses llenos de rutinas diarias, los niños, el trabajo y las responsabilidades, Nala y Chris decidieron regalarse algo que no experimentaban desde hacía mucho tiempo: tiempo solo para los dos.
Por Semana Santa, volaron a las islas, lejos del ruido y de las costumbres, a un pequeño pedazo de paraíso mecido por el sonido de las olas y el calor del sol.
Desde el momento en que llegaron, el tiempo pareció ralentizarse.
Bajo la terraza de madera abierta a la laguna, redescubrieron la sencillez que tanto aman: compartir una comida frente al mar, reírse con un cóctel colorido, disfrutar del silencio sin necesidad de hablar.
Chris pasó horas explorando el fondo marino, fascinado por las aguas turquesas y los arrecifes ocultos bajo la superficie.
Mientras tanto, Nala disfrutaba de la calma recién encontrada.
Tumbada al sol, con una brisa ligera haciendo bailar las cortinas blancas a su alrededor, saboreó por fin ese lujo que se había vuelto raro: no hacer nada.
Sin listas que terminar, sin juguetes que recoger, sin madrugones… solo el sonido del agua y la sensación de poder respirar a pleno pulmón.
Por la noche, se reencontraban para una cena sencilla y cálida, con los pies casi en la arena, viendo cómo el cielo cambiaba lentamente de colores sobre el océano.
Aquellos pocos días lejos del mundo les recordaron algo esencial: antes de ser padres, ya eran dos personas que se querían profundamente.
Y en esa suave luz isleña, entre atardeceres y reflejos de la laguna, redescubrieron esa cercanía intacta que siempre los ha unido.
Una pausa fuera del tiempo.
Unos días suspendidos entre cielo, mar y amor.



