Nunca se buscaron.
Pero sus destinos, perdidos en el silencio del mundo, se reconocieron.
Como tres ecos de la misma maldición — o de la misma verdad olvidada.
Durante mucho tiempo, sus caminos permanecieron separados:
Layla, la primera, se había retirado al corazón de las piedras, guardiana de un templo borrado por el tiempo.
Victoria dormía bajo una tumba sellada con oro y polvo, prisionera de un juramento de olvido.
Y Noctéa, la última, vagaba entre mundos, guiada por los susurros de la noche.
Ninguna de ellas sabía que no estaban solas.
Sin embargo, bajo la fría bóveda del Templo de los Susurros, sus pasos finalmente se cruzaron.
Las antorchas parpadearon, las vidrieras rotas dejaban pasar una luz pálida — y en aquel santuario sin dioses, el silencio parecía vivo.
Layla fue la primera en hablar.
Su voz resonó como el recuerdo de un juramento.
Victoria, la despierta, alzó los ojos hacia ella: sus pupilas reflejaban el resplandor de un fuego ancestral, uno que ninguna muerte podría extinguir.
Y Noctéa, desde las sombras, sonrió. Reconoció en ellas los fragmentos del mismo fulgor.
No se inclinaron.
No lucharon.
Se comprendieron.
Porque cada una portaba una parte de la misma esencia:
— Layla, la Verdad Petrificada.
— Victoria, la Memoria de los Mundos Perdidos.
— Noctéa, la Noche que une a las dos.
Entonces, en medio del templo en ruinas, sellaron un juramento.
Ni sumisión ni dominación — sino un pacto tejido de sombra y claridad.
Que la sombra no vuelva jamás a ser símbolo de debilidad.
Que se convierta en conocimiento, refugio y justicia.
Que la luz deje de ser un arma para cegar las almas.
El viento se levantó, las llamas se enderezaron, y las piedras susurraron sus nombres.
Así nació la leyenda de las Tres Reinas de las Sombras,
soberanas de aquello que el mundo teme y ya no comprende.
Cuentan que desde aquella noche, cuando la luna es doble y las plegarias se pierden en el viento,
aún pueden vislumbrarse sus siluetas entre las columnas rotas —
tres figuras velando por la frágil frontera entre el olvido y la verdad.
Bajo el juramento de las Tres Reinas, el templo recuperó su aliento.
Pero en los cimientos, donde la luz ya no llega, otra presencia aguardaba.
Ni reina, ni sacerdote, ni mortal.
Una memoria sellada.
Una promesa petrificada.
Y cuando la piedra comenzó a llorar, el mundo recordó su nombre:
Alaric.



