1802 — Sangre y Verdad
Alaric no se rindió.
Cruzó puertos.
Interrogó a marineros.
Siguió rumores susurrados en tabernas donde nadie pronunciaba jamás los nombres demasiado antiguos.
Le hablaron de un territorio olvidado.
De una mansión bajo una luna velada.
De un linaje que se creía perdido.
Cuanto más se acercaba,
más pesados se volvían los silencios.
Fue en un callejón húmedo, al borde de un cementerio, donde lo encontró.
Un hombre demasiado pálido.
Con ojos demasiado brillantes.
Con una voz demasiado serena.
— Buscas a la que duerme bajo la piedra.
Alaric comprendió sin entender.
El vampiro sonrió.
— Ella no muere, erudito. Despierta.
El mundo se resquebrajó.
Le revelaron la verdad:
Victoria no había sucumbido a la enfermedad.
Había sido marcada.
Elegida.
Transformada.
Victoria de Sangremare.
Lunevoile.
Linaje olvidado.
— Y tú —preguntó la criatura—, ¿qué estarías dispuesto a devenir para encontrarla?
Alaric no respondió.
Simplemente extendió la rosa.
Aún roja.
Intacta.
La respuesta ya estaba dada.
El mordisco fue rápido.
La sangre, ardiente.
La noche, infinita.
Cuando abrió los ojos,
el mundo había cambiado.
Y él también.
La Espera
No la encontró.
Todavía no.
Deambuló.
Entre ruinas y piedras frías.
Entre rumores y pactos ancestrales.
Aprendió a dominar la sed.
A escuchar las sombras.
A caminar sin reflejo.
Pero no se alimentaba de sangre.
Se alimentaba de espera.
En su habitación oscura,
sobre una cama demasiado vasta,
guardaba la rosa junto al corazón.
No se marchitaba.
O quizá no quería ver que se estaba secando.
Murmuraba su nombre.
A veces.
En voz baja.
Y en las noches sin luna,
creía oír un violín.



