1824 — Bajo la misma luna
Durante años,
la piedra lo había retenido.
Ni muerto,
ni vivo.
El mundo había seguido sin él.
Las estaciones habían pasado, los reinos habían cambiado, incluso los recuerdos se habían disuelto con el tiempo.
Pero una cosa nunca había desaparecido.
Su nombre.
Victoria.
Entonces, un día —
la piedra cedió.
Primero una grieta.
Casi nada.
Luego un aliento.
Una mota de polvo cayó al suelo.
Y Alaric respiró.
El mundo volvió a él con fuerza.
El aire.
La noche.
El peso de su propio cuerpo.
No gritó.
Permaneció quieto durante un largo instante, como si el tiempo mismo tuviera que aprender de nuevo a fluir por sus venas.
Entonces se levantó.
Y regresó a casa.
La casa apenas había cambiado.
Las paredes aún guardaban la sombra de siglos pasados.
El terciopelo oscuro de la cama parecía haberla esperado para siempre.
En la habitación silenciosa, solo una cosa captó su atención.
Sobre una pequeña mesa, protegida bajo una campana de cristal,
yacía la rosa.
La misma.
Roja.
Frágil y, sin embargo, intacta, como si se hubiera negado a morir.
Se acercó despacio.
Sus dedos rozaron el cristal.
Cerró los ojos.
Todo lo que había soportado — la piedra, el hambre, la noche — había existido por una sola razón.
Encontrarla de nuevo.
La luz reveló su rostro.
Victoria.
Ni el tiempo,
ni la muerte,
ni la noche
habían logrado borrarlos.
Ella era siempre la misma.
La misma dulzura en sus ojos.
La misma presencia frágil y antigua que una vez cruzó el salón de baile de Londres.
Y sin embargo…
algo había cambiado.
Algo más profundo que la propia noche.
Cuando se acercó, un mechón de su cabello cayó sobre su rostro.
Alaric alzó la mano con suavidad y lo apartó tras su oreja.
Fue entonces cuando lo vio.
La marca.
Un delicado tatuaje arabesco rodeaba sus ojos, como una corona oscura dibujada por la noche.
Líneas finas, casi vivas, como lágrimas antiguas talladas en su piel.
Las lágrimas eternas que había derramado por él.
Alaric no dijo nada.
No hacía falta.
En ese silencio cargado de siglos, comprendió por fin que ni la piedra, ni la muerte, ni la noche habían logrado romper lo que los unía.
Y en ese silencio profundo,
se entendieron.
No fue necesaria ninguna promesa.
Habían cruzado demasiadas sombras para eso.
Se tumbaron en la cama, lado a lado, como dos seres que regresan de un viaje muy largo.
La rosa seguía descansando bajo su campana de cristal.
Y por primera vez en siglos,
la habitación ya no estaba en silencio.
Bajo la luna velada,
su historia simplemente había vuelto a comenzar.
Pero en las sombras, otras fuerzas seguían observando.
Y algunas historias nunca despiertan sin despertar al mundo junto con ellas…



