1803, El Guardián y la Piedra
La Mano que Detiene el Destino
Ya era demasiado tarde.
Alaric ya no era del todo humano.
Pero aún no estaba perdido.
La nueva sangre ardía dentro de él.
La sed susurraba.
Y sin embargo, solo la buscaba a ella.
Victoria.
Entre ruinas, bosques y santuarios olvidados,
siguió el rastro de su canción —
ese violín que creía oír en las noches sin luna.
Fue entonces cuando se cruzó con Layla.
No apareció.
Ya estaba allí.
Serena.
Antigua.
Inmóvil como una verdad de la que no se puede escapar.
«Llevas en ti la marca de un amor maldito», dijo.
Su voz no era ni dura ni suave.
Era inevitable.
Alaric intentó pasar.
Extendió la mano.
«Volveré a encontrarla.»
Layla lo miró durante un largo momento.
«Si la sigues ahora hacia la oscuridad, apresurarás su caída… y la tuya.»
No retrocedió.
Entonces Layla levantó la mano.
No fue un gesto violento.
Fue el gesto de una guardiana.
La piedra comenzó a reclamar sus dedos.
Luego su mano.
Luego su brazo.
Alaric lo entendió.
No que fuera a morir.
Sino que iba a esperar.
Intentó gritar.
Su cuerpo ya se estaba congelando.
Sus piernas se entumecieron.
Su aliento se detuvo.
Y en ese instante suspendido,
una última lágrima resbaló por su mejilla.
Una lágrima silenciosa.
Llegó a su mandíbula.
Y se convirtió en piedra.
Layla bajó la mano.
«El amor no siempre se salva persiguiéndolo», murmuró.
«A veces, debe sobrevivir al tiempo.»
Así quedó sellado Alaric.
Ni muerto.
Ni vivo.
Confinado en la piedra
hasta el día en que la memoria de la sangre despertara.



